A continuación, pego un texto que he leído hoy en La Nueva España, un periódico regional. La columna me ha resultado graciosa, y ya que, como muchos sabeis, con los años me estoy volviendo un talibán del lenguaje, sobre todo el escrito, aprovecho para manifestar mi total acuerdo con el que escribe, Francisco García Pérez:

Si usted ve escrito en la pizarra de un bar «Cerveza lai», no debe sorprenderse; lo que el chigrero anuncia es «Cerveza light»: bienvenido al mundo de la escritura fonética. Me envía un lector unas cuantas de estas perlas, con foto testimonial, tomadas en Colombia y muestra irrefutable de adónde va el castellano o español. Fíjense cómo resuelve el autor de un cartel las dudas ortográficas de Hispanoamérica entre b/v y c/s: «Fabor de guardar cilencio para que descancen las demas personas»; las tildes, como cansado estoy de señalar aquí, han muerto. La corrección de pintadas reivindicativas, ese impulso grafómano por modificar el sentido de lo que alguien ha escrito, queda patente en la valla sobre la que alguien escribió: «Las mujeres tenemos derecho a no tener hijos» y un espontáneo añadió «de puta», coda final restrictiva.

«Oy karne azada siga padentro», ofrece y ordena animoso otro pizarrón: se debe escribir como se habla, dicen los no puristas, los talibanes de la incorrección, incluso recuperando la grafía «z» del español barroco para determinadas eses. Me gusta mucho esta sentencia religiosa caligrafiada en una iglesia: «Resar es tocar arriba para que le habran abajo», lo que da a entender que, en el cielo, no hay distingos entre la escritura correcta y la incorrecta. Menos piadoso resulta el «Prohibido orinar multa un machetazo», pues la condena y la apurada falta de signos de puntuación hace figurarse muy a lo vivo la resolución homicida del autor. Otro aviso de igual cariz: «Cuidado perros bravos esquizofrenicos y con tendencia paranoide», donde se revela el cuidado del propietario hacia tales monstruos, pues no sólo los lleva al veterinario, sino que también los sienta frente al psiquiatra para que dictamine su cánido extravío. Con una precisión por los nombres de marca que aplaudiría hasta el gran poeta y publicista Fernando Beltrán, un listo imprimió «Asdida» en unas zapatillas deportivas, conservando el mismo tipo de letra que la firma pirateada. Igual que el que rotula su negocio de alimentación como «Carreful». Luego, están los hallazgos estupendos: «Se vende hielo frio», con el adjetivo en función de epíteto calificativo. «Se prohibe el manicure y el maquillaje dentro de este vehiculo», ordena un taxista, creando el genial neologismo «manicure» y cambiándolo de género para igualarlo con el masculino de «maquillaje». ¿Más neologismos?: «Rimembers de Santa Fe», nada de «souvenirs» o «recuerdos», que hay mucho cliente angloparlante. ¿Y qué me dicen de la coordinación copulativa en «Sex shop & mariscos»? Aunque gana a todos el explicativo «Se pintan casas a domicilio»: eso sí que es profesionalidad.

En fin, antes se hablaba español y ahora, como leo en otro cartel, «Se Abla Es Panol». Menos mal que lo aclara a continuación, para que lo entendamos los hispanos: «We Speak Spanish Here». Menos mal.




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